
Fue Yeshua ben Yusef —nuestro Jesús— quien nos anunció que “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8:32), pero fue Luis Espinal —nuestro Lucho— quien advirtió, dos mil años después, que “en el fondo, no creemos que la verdad nos hará libres”.
Lo dijo en la oración “Sinceridad”, de sus Oraciones a quemarropa, y lo justificó de inmediato al confesarle a nuestro Jesús: “nos da miedo la verdad, para serte sinceros. La verdad nos pone en carne viva; delata nuestra cobardía; descubre nuestras tergiversaciones…”.
Este año terminé de comprender plenamente esta oración de nuestro Lucho y les hago esta confesión en Semana Santa.
Como suelo decir siempre, la historia está mal contada, porque la escribieron quienes querían imponer su versión de los hechos. Lo que hacemos ahora es señalar los errores de esa historia con el fin de corregirlos, pero… ¡cómo cuesta!
Un caso paradigmático es el de la guerrillera Juana Azurduy (con “z” y “y”), quien, cuando los historiadores advirtieron que no nació el 12 de julio de 1780, sino en enero de ese mismo año, provocó la oposición airada de muchos sucrenses. Uno de ellos, propietario de una radio influyente, instó a los concejales a promulgar una ley municipal para que “no se toque nada más” de la historia de la heroína. ¡Una ley para obligar a mentir!
Y es que, por lo visto, la gente se siente muy cómoda con la mentira porque, como dijo nuestro Lucho, le tiene miedo a la verdad. Eso se aprecia claramente hoy en las redes sociales, donde las mentiras se multiplican con rapidez, mientras que sus desmentidos llegan tarde y, a veces, ni siquiera llegan.
Yo suelo chocar permanentemente contra los cultores de la mentira, especialmente contra aquellos peruanos que se apropian de nuestra cultura. Sin embargo, jamás imaginé encontrar oposición a la verdad en un lugar que sentí tan mío como el colegio donde cursé el bachillerato.
Este colegio es el Pichincha, que está conmemorando su bicentenario, al igual que el Sucre de Cochabamba, el Junín de Sucre, el Ayacucho de La Paz y el Bolívar de Oruro. Pero mientras estos últimos no tienen problemas ni controversias con sus historias fundacionales, el potosino arrastra desde 1895 una versión inventada, surgida de una tradición literaria, según la cual su fundador fue su primer rector.
Ya en 1968, el historiador Mario Chacón Torres advirtió el error, pero nadie le hizo caso. Este año, con motivo del bicentenario, presenté mi complemento al trabajo de Chacón; sin embargo, no solo me ignoraron, sino que me cerraron las puertas en mi propio colegio. Y quienes lo hicieron fueron, nada menos, los maestros de Ciencias Sociales. Les asusta la verdad y mi error fue ponérsela enfrente.
No importa.
Si quienes propugnamos la verdad nos callamos frente a los defensores de la mentira, estaríamos perdiendo una batalla sin siquiera pelearla, y esa sería una cobardía aún peor. Por eso —y por razones que requieren más espacio del que permite esta columna— he puesto mi verdad en un libro, que ya está disponible para quien quiera leer mi interpretación y analizar las pruebas que presento.
Si los maestros de Ciencias Sociales se cierran a la verdad, hay que abrirles los ojos para que lean estas líneas de la oración que nuestro Lucho dirigió al crucificado de Semana Santa:
“Danos el coraje de aceptar la verdad, aunque la diga un enemigo, aunque la diga un subordinado”.
Amén.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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