
En Bolivia, la cárcel puede convertirse en trampolín electoral. Basta con convencer a una parte del país de que uno no responde ante la justicia, sino que padece persecución. Después, solo queda presentarse como salvador de la nación. Nilton Condori y Juan José Zúñiga parecen haber descubierto el atractivo político de ese relato.
Condori está en prisión preventiva y Zúñiga, que también estuvo encarcelado, cumple detención domiciliaria mientras continúa el proceso por los hechos del 26 de junio de 2024, cuando militares y blindados llegaron a la Plaza Murillo. Sus situaciones judiciales son distintas y las acusaciones pendientes no equivalen a condenas. Ambos aspiran a la Presidencia y pueden convertir sus conflictos con el poder en capital político.
Ahí aparece la “vístima”: quien no solo se presenta como víctima, sino que encuentra en el agravio una oportunidad para ganar simpatías. No es una categoría jurídica ni un veredicto; es una forma sarcástica de describir una estrategia: transformar los problemas propios en prueba de persecución y la confrontación en publicidad.
Condori parece seguir una receta conocida: convertir la denuncia de persecución en bandera y presentarse como blanco de las élites. Evo Morales ha recurrido a ese discurso. Zúñiga, por su parte, ha sostenido que fue víctima de Luis Arce y que lo ocurrido en la Plaza Murillo fue un “autogolpe”. Son versiones que deben examinarse, no verdades que se vuelven ciertas por repetirlas.
Las dudas van más allá de sus relatos. Condori ha hablado de fusilar a quienes considera corruptos. Combatir la corrupción es una obligación; arrogarse el derecho de decidir quién merece morir amenaza el Estado de derecho. La justicia no puede reemplazarse por el paredón.
Zúñiga enfrenta acusaciones por los sucesos de 2024 que deben resolverse en los tribunales. No corresponde declararlo culpable antes del fallo. Pero tampoco es menor que un comandante del Ejército encabezara un despliegue militar frente al Palacio de Gobierno. En democracia, las armas no son un instrumento para resolver disputas políticas.
También cabe preguntar por la preparación para gobernar. Condori tiene formación como maestro y Zúñiga, carrera militar; sus trayectorias conocidas no muestran amplia experiencia en la conducción civil del Estado y, cuando son escrutados por los medios, no parecen tener demasiada preparación. La Presidencia exige más que denunciar privilegios o cosechar notoriedad: requiere conocimiento, gestión, equipos competentes y respeto por las instituciones.
¿Pueden aspirar a la Presidencia? Sí. Ese derecho no depende de la aprobación de un columnista. Pero tener derecho a ser candidato no equivale a estar preparado para gobernar. Bolivia ya ha pagado caro el culto a los caudillos y la idea de que declararse enemigo del sistema convierte automáticamente a alguien en su mejor reemplazo.
Una cosa es ser víctima del poder; otra, hacerse la “vístima” para conquistar el poder. Y ninguna de las dos convierte a nadie en presidente.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.












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