
Las corridas de toros —o la tauromaquia, si se prefiere— están en retroceso en el mundo debido al avance de los movimientos en defensa de los animales. Los animalistas protestan por el sufrimiento al que se somete al toro y han logrado suspenderlas en países como México y Colombia, que ostentaban una larga tradición taurina.
Para verificar esta realidad, evité opinar sobre el tema hasta presenciar una corrida. De paso por Sevilla, logré ver seis en una sola feria celebrada en la plaza de la Real Maestranza. Las graderías estaban colmadas y el público desbordaba un entusiasmo delirante que no logró contagiarme. No disfruté del espectáculo porque, al llegar a la primera lidia, el picador ya estaba castigando al toro. Es impresionante en muchos sentidos, pero, en mi caso, lo que vi me pareció una cobardía.
En estas corridas, el animal se enfrenta a todo un equipo integrado por el torero, picadores, banderilleros, mozos de espadas y ayudantes. Al principio, el lance parece equilibrado porque solo el torero enfrenta al toro; sin embargo, las cosas cambian cuando sale el picador. Montado en un caballo con los ojos y el cuerpo cubiertos, punza al toro en el morrillo, dañando vasos sanguíneos y confundiéndolo. A partir de ahí, el animal queda prácticamente noqueado y así debe seguir enfrentando a sus adversarios. Los banderilleros completan el trabajo clavándole picas que dañan más nervios; finalmente, cuando la bestia ya agoniza, el torero termina la faena clavando la espada en la médula espinal.
Lo que vemos es, literalmente, una carnicería. Cada toro que ingresa a la arena lo hace para morir, inevitablemente, frente a miles de espectadores que ovacionan frenéticos. Aquella tarde en Sevilla, vi cómo la multitud ingresaba al ruedo para sacar al torero, José Antonio Morante de la Puebla, en hombros por la Puerta del Príncipe. No me gustó y no repetiré la experiencia, pero es obvio que, pese a las críticas, la tauromaquia sigue siendo un negocio boyante en España.
En mayo de 2023, el diario El Mundo reportó que las corridas movían unos 75 millones de euros por temporada. Es uno de los espectáculos más caros del país, con precios que oscilan entre los 36 y los 200 euros, dependiendo de la ubicación y la antelación de la compra. Cuanto más cerca está la fecha, más suben los precios; aun así, las entradas suelen agotarse. Es un negocio tan masivo que figuras como Morante de la Puebla pueden llegar a ganar 300.000 euros por jornada.
Ni mi esposa ni yo pudimos comprender el fervor de quienes llenaban la Maestranza. Supuse que lo mismo deben sentir los europeos al ver el tinku, un ritual de combates cuerpo a cuerpo cuya sangre se ofrenda a la Pachamama. Para los bolivianos es un acto emocionante; para muchos visitantes, puro salvajismo.
No obstante, mientras España ha convertido la tauromaquia en una industria, el tinku sigue siendo un evento al aire libre sin costo de entrada. Quienes acudan a Macha, Ocurí o Pocoata el próximo 3 de mayo solo gastarán en transporte, alojamiento y alimentación a precios ínfimos comparados con Europa. Las alcaldías de estos municipios aún no han sabido transformar el tinku en un producto turístico y, por el contrario, en lugares como Macha se ha cometido el error de invitar a peruanos que, tras participar en el ritual, lo han copiado para presentarlo como propio.
El tinku no es salvajismo, es ritual. Salvajismo fue ponerlo al alcance de los peruanos ladrones de cultura.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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