
La ideología puede engatusar y ayudar a ganar elecciones, pero nunca a solucionar la pobreza. ¡Todo lo contrario! Si cree que esto no es así, mire a Cuba y Venezuela, claros ejemplos del fracasado discurso antiimperialista. Mientras tanto, otros países entendieron que producir, exportar, atraer inversiones y tecnología para generar empleos de calidad e ingresos sostenibles es lo que marca la diferencia. Además, han comprobado que uno de los mercados que más oportunidades brinda es el de los Estados Unidos de América (EE. UU.).
La economía estadounidense no solo es la más grande del planeta, sino también la mayor importadora: cada año compra bienes por más de 3,5 billones de dólares (3,5 millones de millones) a casi todos los países del mundo. Desde Latinoamérica hasta Asia, desde economías capitalistas hasta regímenes de partido único, todos añoran este mercado de alto poder adquisitivo. A la hora de la verdad, lo que realmente le importa a la gente no son las idílicas promesas, sino los hechos. Y los hechos de la historia económica contemporánea son claros: los países que dieron un salto en su desarrollo tienen un rasgo en común: se integraron inteligentemente al mundo y aprovecharon las posibilidades que les ofreció ese destacado comprador llamado Estados Unidos.
¡Quién lo diría! La China comunista es el mejor ejemplo de pragmatismo. A pesar de las diferencias ideológicas y geopolíticas con Washington, se convirtió en uno de los principales proveedores del mercado estadounidense. Otra gran sorpresa es Vietnam, que da una lección aún más sorprendente: superada la devastadora guerra de los años 70 contra EE. UU. y dejando atrás las heridas del pasado, se enfocó en convertir a su exrival en uno de sus principales socios comerciales mediante un Acuerdo Comercial Bilateral, gracias al cual le vende más de 200.000 millones de dólares anuales. Para dimensionar esta cifra, equivaldría a todo lo que Bolivia exporta al mundo en más de 20 años.
América Latina tiene sus propios casos de éxito gracias a los Tratados de Libre Comercio negociados por países como México, Chile, Perú y Colombia, entre otros, con gran beneficio para sus productores y exportadores. México, por ejemplo, hizo de su integración con EE. UU. el gran motor de su transformación productiva y hoy exporta más de 500.000 millones de dólares a ese gigantesco mercado, especialmente manufacturas de alto valor agregado, cuyo principal componente son los empleos formales para los ciudadanos mexicanos.
La paradoja es que, mientras todos compiten por acceder a tan fabuloso mercado, Bolivia retrocedió en su relación comercial con EE. UU. ¿Por qué? Porque la relación bilateral ha estado condicionada por factores ideológicos y políticos, en abierta contradicción con la conducta pragmática de los países exitosos.
En 2008, Bolivia expulsó al embajador de los Estados Unidos, lo que provocó un enfriamiento de las relaciones diplomáticas. A esto se sumó la pérdida de las preferencias arancelarias del ATPDEA tras su descertificación en la lucha contra las drogas. Las cifras son reveladoras: según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2005, EE. UU. era el segundo socio comercial de Bolivia, con un comercio total de 721 millones de dólares (ventas por 385 millones y compras por 336 millones), lo que arrojaba un superávit de 48 millones de dólares para nuestro país. Sin embargo, en 2025, EE. UU. ocupa el séptimo lugar, con ventas bolivianas por 414 millones de dólares, compras por 496 millones y un déficit comercial de 82 millones de dólares.
Pese a ello, buena parte de las exportaciones bolivianas a EE. UU. no son materias primas. Incluyen joyas, madera trabajada, quinua, nueces amazónicas, café, chía y otros bienes agroindustriales y manufacturados. Esto confirma que ese gigantesco mercado es un consumidor de alimentos diferenciados, productos especializados y de altísimo valor agregado, que generan mejores salarios y empleos de mayor calidad.
Por eso, una buena relación con Estados Unidos tendría un alcance estratégico para Bolivia, ya que permitiría: ampliar mercados para su producción, facilitar la atracción de inversiones, tecnología y conocimiento, diversificar la generación de divisas (hoy muy dependiente de recursos extractivos no renovables), mejorar la imagen internacional del país, fortalecer la confianza de inversionistas y compradores, y convertirse en un gran instrumento para crear empleo formal y reducir la pobreza.
Ante la escasez de dólares, el agotamiento del modelo primario-exportador rentista y la evidencia de que, en un mundo de infinitas oportunidades pero altamente competitivo, los países exitosos construyen sus relaciones basándose en sus propios intereses y no en “amoríos ideológicos”, debemos aceptar una realidad: para desarrollar a Bolivia se necesitan más mercados, más inversiones y más exportaciones. Y una mejor relación con los Estados Unidos de América mucho podría ayudar.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.










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