
Después de 50 días de bloqueos en calles, caminos y carreteras, el Gobierno boliviano decretó estado de excepción por conmoción interna para que las Fuerzas Armadas puedan auxiliar a la Policía Boliviana en el restablecimiento del orden y en la garantía de los derechos ciudadanos severamente afectados, entre ellos, el libre tránsito, el trabajo, la alimentación, la salud y la vida misma.
Es triste haber llegado a esta situación luego de que se despreciara la oferta de diálogo del primer mandatario y del Órgano Ejecutivo por parte de malos dirigentes que utilizan como carne de cañón a pobres campesinos, indígenas y obreros.
Hace unos años escribí una columna en la que sostenía que la “ignorancia” puede hacer más daño que la “maldad”. Explicaba que, mientras la maldad tiene un límite y puede ser confrontada y castigada, la ignorancia masiva —alimentada por el engaño y las leyendas urbanas de activistas que se autoproclaman intelectuales y se esfuerzan por mantener la pobreza— lleva a tomar decisiones equivocadas y a creer que se está actuando correctamente. La ignorancia no tiene límite, es destructiva y puede causar más daño que la maldad.
La falta de un conocimiento cabal de las cosas lleva a la gente inculta a actuar con prejuicios y a tomar decisiones desatinadas, lo que la torna muy peligrosa cuando la maldad se aprovecha de ella en función de egoístas intereses: manipula a las masas no educadas e ideologizadas, se infiltra en la Administración del Estado y frena el desarrollo de regiones ricas en recursos. De ahí que los bloqueos, disfrazados de protestas, terminen perjudicando a todos, menos a quienes los provocan.
¡Cómo me duele que Bolivia sea víctima de esto!
Pero ¿por qué tantos bloqueos? Porque se ha impuesto la perversa idea de que quien bloquea tiene poder. Entonces se bloquea para forzar negociaciones, desgastar gobiernos, posicionar dirigentes y lograr cuotas de influencia, intereses políticos y corporativos. Gracias a la permisividad de los gobernantes, el bloqueo pasó a ser un instrumento de presión y un negocio para unos pocos. Brillan con luz propia la Central Obrera Boliviana (COB), sindicatos agrarios radicalizados y organizaciones ideologizadas que dependen de la movilización permanente para mantener su influencia, controlar a sus bases y obtener ganancias a partir de la pobreza. Existen denuncias públicas, como la del senador Leonardo Roca, sobre el desvío de recursos de la cooperación internacional por parte de ciertas ONG, que los utilizan para financiar su activismo y alimentar la confrontación en lugar de combatir la pobreza. Algo que sin duda debe investigarse y sancionarse.
Lo doloroso es que quienes más sufren con los bloqueos no son los dirigentes, sino la gente humilde que pasa días y noches a la intemperie. Al extremo de que un fornido dirigente de los Ponchos Rojos ha sido cuestionado públicamente por sus propias bases.
En ciertas regiones, no bloquear implica sufrir multas, sanciones comunitarias, aislamiento social o represalias. Esto revela una auténtica dictadura sindical, aunque también hay quienes participan por disciplina colectiva o por un viático que les resulta atractivo. De ahí que los instigadores siempre saquen provecho de la necesidad e ignorancia de los más débiles.
Años atrás escribí que la pobreza de Bolivia se debe a la falta de educación, a egoístas intereses que se oponen a su progreso y a quienes desean mantenerla en las tinieblas. Hoy más que nunca me reafirmo en ello, al haber confirmado que una cosa es la ignorancia y otra la maldad. Ignorancia es que un campesino crea que bloqueando mejorará su situación, cuando en realidad está destruyendo el futuro de sus propios hijos. Maldad es saber que el bloqueo empobrece y, aun así, promoverlo deliberadamente por razones políticas o mezquinos intereses. Ignorancia es creer que la empresa privada es mala, que la exportación solo beneficia a unos pocos y que la producción agrícola es una actividad extractivista. Maldad es romantizar la pobreza, impedir el desarrollo y manipular a indígenas, obreros y campesinos, convirtiéndolos en instrumentos de bastardos intereses.
Es por esta causa que se destruyen cadenas productivas, se incumplen contratos, se pierden mercados, suben los precios de los alimentos y medicamentos, cae la inversión, se deteriora la imagen del país, se vulneran los derechos fundamentales y, en algunos casos, se pierden vidas. La solución no es fácil ni inmediata, pero hay que encararla.
Educar, integrar y crear oportunidades de empleo para que la gente se supere es inexcusable. La mejor política social es forjar ciudadanos libres que piensen por sí mismos y dejen de ser víctimas de la manipulación y el engaño. Pero también es necesario sancionar conforme a la ley a quienes insisten en abusar de la gente pobre e ignorante.
¡Basta de mentirosos y encantadores de serpientes! Bolivia no necesita más bloqueos, sino más trabajo, menos ignorancia y más educación. Hay que entender que ningún país progresa destruyendo a quienes solo quieren invertir, producir y crear oportunidades para todos los ciudadanos.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.










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