
Durante dos semanas he intentado explicar que el racismo es una de las causas —pero no la única— de la crisis en la que está sumido el país y, como era de esperarse, eso me ha costado más críticas que apoyos.
En esta tercera y última entrega sobre el tema, me esforzaré en explicar cómo el racismo ha sido y es utilizado por corrientes políticas que se valen de sus efectos para exacerbar los sentimientos de las masas.
La estrategia consiste en usar el discurso indianista basado en la leyenda negra colonial, esa que proclama que los indios fueron “esclavizados” por los españoles, que estos se habrían robado todos nuestros tesoros y que el subdesarrollo tiene allí su origen. Así, tenemos a los indios, a quienes en Bolivia llamamos t’aras, y a quienes supuestamente no lo son, a los que solemos llamar q’aras. Se crea de esta forma una división que corrientes como el marxismo aprovechan para reforzar su teoría de la lucha de clases.
Se considera al indio como un sector oprimido y, en lugar de ayudarlo a salir de esa opresión, se lo incentiva a enfrentar a su supuesto opresor: el que no es indio.
Fernando Untoja ha advertido que “el marxismo —degradado, simplificado, convertido en catecismo— ha hecho un daño profundo a generaciones enteras. No porque proponga justicia social, sino porque enseñó a pensar en términos de excusas permanentes. Todo fracaso tiene un culpable externo. Toda miseria es responsabilidad ajena. Todo desastre es producto del ‘imperio’. Así se evita la pregunta verdaderamente peligrosa: ¿qué hicimos mal nosotros?”.
Y lo que hicimos mal es no entender que la sociedad boliviana de hoy no es la sociedad charquina del periodo virreinal que —y en esto también nos equivocamos— fue erróneamente denominada “colonial”.
Los indios étnicos fueron desapareciendo con el paso de los años, porque se mezclaron con el resto de los habitantes del país hasta convertirse en mestizos. Pero eso es algo que no se quiere aceptar, porque choca con el discurso machacón que se repite desde fines del siglo XIX.
Untoja señala que sobre las heridas de nuestra historia “también se construyó un largo proceso de adoctrinamiento ideológico” en el que el indio no solo era el sometido, sino también la víctima del no indio, del blanco, del q’ara.
Y es aquí, al hablar de la crisis actual, donde entra en juego el racismo: se ha aprovechado el hecho de que el presidente Rodrigo Paz nació en España y, pasando por alto la ciudadanía boliviana que adquirió legalmente, se lo ha tildado de “español”, pero en el sentido de invasor, de autor del sometimiento y ladrón de nuestros tesoros. La imagen se ha reforzado con mentiras, como audios alterados en los que supuestamente critica las polleras y llama “sucias” a quienes las usan. El resultado es que mujeres de Yapacaní anunciaron un bloqueo exigiendo la renuncia de Paz por haber “insultado” sus polleras.
Ya expliqué en artículos anteriores que la COB ha torcido la práctica sindical para exigir la renuncia del presidente, en sintonía con las “sugerencias” que lanzó Evo Morales desde el Chapare. Los bloqueos son una de las armas para desarrollar un proceso claramente sedicioso y se alimentan de racismo: piden que se vaya “el español” para que los “indígenas” tengan control de su territorio. Y ese no es un pedido justiciero, sino el resultado del adoctrinamiento ejecutado durante décadas por actores políticos.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.








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