
La gran tragedia boliviana no comenzó hace 20 años, ni siquiera en 1825. La gran tragedia americana —porque no es exclusiva de nuestro país— se originó en el período colonial, cuando las autoridades virreinales designadas por la Corona española desarrollaron una teoría anacrónica de división de la humanidad en razas.
La explicación es económica: la Corona emitió leyes para los territorios llamados “Indias” que consideraban a los indios como súbditos españoles, prohibiendo su esclavitud y los trabajos forzados. Eso perjudicaba los intereses de los dueños de tierras y minas, que requerían mano de obra barata o gratuita. Por ello, se buscó justificar las desigualdades sociales. La teoría fraguada por estos sectores afirmaba que los indios eran seres inferiores, carentes de alma, y que solo servían para los trabajos pesados o como carne de cañón en la guerra.
Esta teoría dividió a la sociedad virreinal entre españoles y no españoles, y entre estos últimos creó numerosas subcategorías. Solo en Nueva España (hoy México) se “identificaron” más de cincuenta. En este período se encuentra el origen documentado de uno de los cánceres de nuestras sociedades: el racismo.
Uno de los elementos centrales de la crisis actual de Bolivia es un racismo innegable, pero al mismo tiempo difuso e indefinible, debido a la escasez de estudios rigurosos sobre el tema. Lo más grave es que este racismo está presente en todos los bandos, y la mayoría lo niega y lo atribuye exclusivamente a sus adversarios. En otras palabras, la idea generalizada es que “el racista es siempre el otro”.
Ese racismo se consolidó durante el período virreinal, mientras los indios eran sometidos y reducidos por las autoridades regionales. Sin embargo, la mezcla fue inevitable. La propia humanidad de los habitantes de los virreinatos terminó imponiendo la desaparición factual de esa división, dando paso a una nueva realidad: un mestizaje que combinó lo europeo —que ya traía sus propias mezclas— con lo indígena originario y un elemento “exportado”: el africano.
Hoy la ciencia ha demostrado que las razas no existen y que los genotipos siempre revelan mezclas; es decir, no existe la pureza genética que sirvió de base a los criterios racistas, como los que inspiraron el nazismo alemán. La gran tragedia americana es que los americanos ni siquiera nos hemos enterado de ello.
El racismo dividió a la sociedad virreinal entre europeos e indios, pero de esa mezcla surgieron los criollos. Las guerras de independencia fueron impulsadas por criollos que, tras derrotar a los españoles, ocuparon su lugar en la cadena de mando. En Bolivia, lo que no entendimos en 1825 es que, una vez expulsados los europeos, solo quedábamos mestizos genéticos, mientras nuestros cerebros permanecían atrapados en la lógica de las castas.
En el siglo XIX surgió también el marxismo, que, entre otras fuentes, se nutrió de concepciones racistas para establecer su división de clases. En nuestro país, la teoría marxista incentivó la confrontación entre “t’aras” (supuestos indios) y “qaras” (supuestos blancos).
El evismo se alimenta de esta misma teoría, que promovió y alimentó durante su ejercicio del poder. Ahora busca regresar al poder y la reaviva para incendiar el país e imponerse sobre sus cenizas. Lo más triste es que lo está consiguiendo.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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