
Es Día del Padre. ¿Qué tal si, además de festejarnos, acompañamos nuestra salteña y Coca-Cola con un poco de reflexión?
Comencemos con las escalofriantes cifras de los feminicidios. El último reporte del Servicio Plurinacional de la Mujer y de la Despatriarcalización (Sepmud) señala que entre el 1 de enero y el 5 de marzo de 2026 hubo 19 feminicidios en Bolivia; es decir, un promedio de tres casos cada diez días. Hasta el 16 de marzo ya se reportó el vigésimo caso, en Santa Cruz.
Otros tipos de violencia contra las mujeres también presentan cifras alarmantes, desde el acoso sexual hasta las violaciones. Las estadísticas muestran un crecimiento exponencial que, aunque es denunciado, no pasa de ahí: no existen políticas integrales destinadas a combatir este mal.
La Ley 348 establece las circunstancias que deben rodear a un hecho delictivo para que sea considerado feminicidio, pero no lo tipifica como tal de manera autónoma. En esencia, un feminicidio es el asesinato de una mujer cometido por un varón que actuó contra su víctima solo por el hecho de ser mujer.
Los feminicidios son situaciones extremas, pero existen otras formas de violencia que se ejercen contra las mujeres de manera cotidiana. Este año hemos tenido, por lo menos, dos casos notorios.
El primero es el de la ahora exviceministra de Autonomías, Andrea Barrientos. El único “pecado” de esta mujer fue declarar que no había un plazo definido para ejecutar el modelo de coparticipación tributaria 50/50. Esa frase desató un vendaval de ataques que, si se observa con atención, provenían mayoritariamente de sectores masculinos.
La presión fue tan intensa —particularmente en Santa Cruz— que Barrientos terminó renunciando al cargo. Sus atacantes celebraron una victoria manchada por el hecho de que se logró mediante la presión sistemática sobre una mujer.
El otro caso es el de la viceministra de Igualdad de Oportunidades, Durby Andrea Blanco, quien explicó públicamente por qué, a sus 32 años, no tiene hijos.
No entraré en consideraciones sobre el contenido de lo que dijo, porque de lo que hablamos aquí es de violencia ejercida contra la mujer. La culpa masculina en este caso radica en que Blanco se convirtió en blanco de ataques simplemente por haber expresado lo que piensa.
Y aquí coincido con las escasas voces que se han alzado para referirse al tema: un hombre puede decir barbaridades, equivocarse e incluso lanzar improperios, pero el castigo social que recibe es mínimo en comparación con lo que ha pasado —y está pasando— con estas mujeres.
¿Hay más? Desde luego. Aprovecho para referir el caso de una amiga y colega, la asambleísta Azucena Fuertes, víctima de acoso sistemático a través de las redes sociales. Los ataques se intensificaron particularmente cuando se manejó la posibilidad de que volviera a postular a cargos electivos. Es impresionante la cantidad de mentiras que se han publicado sobre ella; la intensidad solo bajó cuando se supo que no volvería a candidatearse.
Así sea en un Día del Padre, los bolivianos tenemos que aceptar que —parafraseando a Arguedas— somos parte de un pueblo enfermo, en este caso de misoginia y de un inveterado machismo que no hemos podido superar, ni siquiera con legislación expresa.
La diputada Andrea Ballivián ha repuesto un proyecto de ley destinado a fortalecer la protección de las mujeres frente a los delitos sexuales, pero no sé hasta dónde ha avanzado su tratamiento en la Asamblea Legislativa. Solo sé que una de las impulsoras de esa norma era Andrea Barrientos y que a ella la hicieron renunciar de manera masiva y cobarde… la hicieron correr.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.








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