
El Pichincha de Potosí es uno de los cinco colegios que fundó Antonio José de Sucre en 1826, como parte de su labor organizativa como primer presidente de Bolivia. Mientras que los otros cuatro centros son conscientes de quién fue su fundador y celebran en consecuencia, el Pichincha no lo hace.
En el caso del colegio potosino, se produjo un quiebre histórico: en 1895, Modesto Omiste publicó el cuarto tomo de una recopilación de Crónicas Potosinas. Esta incluyó hasta nueve «tradiciones» de José David Berríos quien, como todos los potosinos de su tiempo, se había formado en el Pichincha.
Una de esas tradiciones es «Provecho de un buen sermón», donde se relata que, tras la llegada de Simón Bolívar a Potosí en octubre de 1825, el Libertador asistió a una misa oficiada por el cura Juan Manuel Calero en el templo de La Merced. Este hecho está documentado, en apenas cuatro líneas, en los Anales de Potosí. Lo que carece de sustento documental es que, en dicha misa, el sacerdote impresionara tanto al Libertador que este —al estilo de Herodes tras el baile de Salomé— le ofreciera lo que quisiera como recompensa, a lo que el prelado habría pedido la fundación de un colegio.
El propio autor identificó el relato como «Origen tradicional del Colegio de Pichincha»; es decir, advertía que su obra era un producto literario y no histórico. Sin embargo, el público potosino no lo entendió así. El impacto de la narración de Berríos fue tal que, en poco tiempo, todo Potosí quedó convencido de que el fundador del Pichincha fue Calero y nadie más.
Quince años después, Calero ya lucía una estatua de cuerpo entero en el primer patio del colegio. En 1926, los cinco colegios fundados por Sucre celebraron su centenario, pero solo el Pichincha lo hizo atribuyendo todo el mérito a Calero, tal como registran los periódicos de la época.
En 1967, el historiador Mario Chacón Torres halló seis documentos que demostraban que el fundador fue Antonio José de Sucre; no obstante, se le prestó poca atención. Se limitó a publicar sus hallazgos al año siguiente en un opúsculo impreso por la Editorial «Potosí».
Este 7 de mayo, el Pichincha celebra su bicentenario y, aunque parezca increíble, la mentira surgida involuntariamente en 1895 —cuando el pichincheño Berríos inventó un relato a partir de una misa— sigue tan vigente que resulta casi imposible erradicarla.
Partiendo del trabajo de Chacón, he hallado más de 20 pruebas de que Calero no solo no fue el fundador, sino que ni siquiera asistió a la inauguración, pues comenzó a ejercer como rector recién el 9 de mayo de 1826. Mi investigación fue rechazada por los maestros de Ciencias Sociales y mi colegio me dio la espalda.
En un intento por posicionar la verdad, publiqué un libro, acción que me costó la proscripción: el comité del bicentenario me excluyó de su narrativa oficial. Como he sostenido varias veces en esta columna, la historia de Bolivia está plagada de falsedades difíciles de corregir. En este caso, pregonar la verdad me resulta tan costoso que mis brindis por los 200 años de mi colegio no son con «whisky, ron o champán» —como reza una de sus canciones—, sino con acíbar, mucho acíbar.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.











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