
ace unas semanas, varias autoridades del Estado expresaron con entusiasmo que el “riesgo país” de Bolivia había bajado y que, con ello, se abrían posibilidades de conseguir créditos internacionales más baratos, recuperar la economía y más. Fue un mensaje dirigido principalmente a economistas y políticos que entienden del tema, pero no tanto a la gente de a pie, que no es experta en macroeconomía ni en altas finanzas. De esa forma, se perdió la oportunidad de mejorar las expectativas mediante una explicación más clara y accesible.
Como mi columna busca descubrir la verdad de las cosas y exponerla de manera sencilla a la sociedad, decidí abordar este tema, que no es menor. Entenderlo bien puede ayudar a apreciar mejor los cambios que se están dando y por qué se dice que Bolivia está mejorando. Veamos un ejemplo.
Imagine que un amigo le pide prestado dinero, pero usted sabe que esa persona está en apuros y no siempre cumple devolviendo a tiempo. Aun así, decide ayudarlo. ¿Qué hace? Le presta, pero con ciertas reservas: a un plazo corto, con una garantía y cobrándole un interés más alto. No es que desconfíe de él como persona, sino que actúa por precaución, ¿verdad? Ese “extra” que usted pide es el precio del riesgo. Con los países ocurre exactamente lo mismo: a eso se le llama “riesgo país”.
El riesgo país es un indicador que mide qué tan confiable es un país para pagar sus deudas y cumplir los compromisos asumidos. Sirve como referencia mundial para decidir dónde colocar mejor los préstamos o las inversiones, por cuánto tiempo y a qué costo. Si el riesgo país es alto, el préstamo se vuelve caro o simplemente no llega. Si baja, el financiamiento se abarata y es probable que aumente la inversión externa.
Un país con un índice de riesgo alto no resulta atractivo, porque genera dudas sobre su estabilidad, el respeto a las normas, la previsibilidad económica y el cumplimiento de compromisos. Cuando el riesgo país baja, el país se vuelve más confiable y los capitales fluyen para hacer negocios de largo plazo.
Por eso, lo ocurrido en las últimas semanas es importante. Según reportes de medios y analistas internacionales, el riesgo país de Bolivia ha caído desde alrededor de 2.000 puntos básicos hasta menos de 500. No es algo menor: el país empieza a proyectar solvencia y confiabilidad, y su imagen en el exterior mejora notablemente.
Para que esto haya sucedido, ha sido clave el cambio de ciclo político, junto con señales que apuntan también a un cambio de ciclo económico. El gobierno ha asumido el compromiso de mantener disciplina fiscal, abrirse comercialmente al mundo, promover la colaboración público-privada, eliminar las distorsiones causadas por las subvenciones y permitir que los mercados funcionen con mayor libertad.
El cambio en las percepciones tan negativas del pasado inmediato —un país al borde del default, con desabastecimiento de combustibles, devaluación de facto de la moneda y una inflación de dos dígitos— ha pesado mucho. Ahora se percibe que a la estabilidad económica puede seguirle el crecimiento.
Ahora bien, ¿por qué es importante esto para la gente como usted o como yo? Porque si el riesgo país baja, podemos esperar mejores condiciones de financiamiento, más inversión y empleos dignos. El dinero que llegue a tasas de interés bajas para obras de infraestructura, mejoras en salud y educación beneficiará directamente a la sociedad. Las empresas podrán crecer, producir, exportar y generar más empleo en un entorno favorable para crear riqueza.
Que el riesgo país baje es fruto de decisiones acertadas del gobierno. Para que siga descendiendo y se refleje realmente en el bolsillo de la gente, será necesario profundizar las tareas ya iniciadas y emprender las que faltan.
Lo principal es precautelar la estabilidad y la previsibilidad política, económica y social: los avasallamientos, bloqueos, paros, huelgas y confrontaciones permanentes elevan el riesgo país, y nadie invierte en un país incierto. Por eso, la seguridad jurídica —el respeto a las leyes y las instituciones— resulta vital.
De otra parte, la disciplina fiscal debe ser constante; la facilitación de la inversión privada, también; la apertura inteligente al mundo, igual; y, finalmente, la garantía de la libre exportación que aliente la creación de más empresas, como la forma idónea y sostenible de combatir la pobreza.
En lo social, el desafío es reconstruir la confianza en el país y en el gobierno, no sobre la base del asistencialismo —que tiene patas cortas—, sino mediante la mejora estructural de la educación, la capacitación técnica, el aumento de la productividad, la mayor movilidad social y un país que se muestre unido.
Como boliviano y creyente, pido a Dios que no dejemos pasar esta gran oportunidad que se nos está dando de forjar un mejor país. No se trata de caer en triunfalismos: la baja del riesgo país no es un fin en sí mismo. Debe servir para dar las mejores condiciones de trabajo a los empresarios privados y, así, forjar la Bolivia digna, productiva, exportadora y soberana con la que tanto sueño…
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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