
Las enfermedades mentales son más comunes de lo que quisiéramos admitir. Hoy en día existe una clasificación más científica de estos males y de sus tratamientos, pero todavía no se ha encontrado la manera de evitar que personas con estas afecciones lleguen a posiciones de poder y, consiguientemente, causen grandes males a sus sociedades.
Históricamente, podemos encontrar la mayoría de estos casos en las antiguas civilizaciones, cuando la monarquía era la regla general y existía el concepto de pureza del linaje. Esto motivaba —y muchas veces obligaba— a los hijos de los reyes a casarse entre sí para evitar mezclas de sangre en las dinastías sucesorias. Eventualmente, esas uniones dieron lugar al nacimiento de personas con defectos físicos y/o mentales.
En ocasiones, los males no eran congénitos, sino sobrevinientes. Así, ahora se sabe que el emperador Calígula fue inicialmente un gobernante normal, pero su conducta se trastornó luego de una enfermedad. No solo cometió varios excesos, sino que también empobreció las arcas públicas.
Posteriormente tuvimos personajes como Napoleón o Adolf Hitler, a quienes incluso se llegó a rotular como “anticristos” por la cantidad de personas que murieron cuando alcanzaron el máximo de su poder. Sobre Hitler existen varias teorías que consideran que, más allá de su notable inteligencia, el führer tenía desajustes psicológicos que explican, en alguna medida, su terrible conducta.
En Bolivia tuvimos casos de personas que enloquecieron de poder o se dejaron llevar por el paroxismo. Mariano Melgarejo es un personaje cuya conducta cuestionable se atribuye a su afición al alcohol, en tanto que Agustín Morales fue muerto a balazos debido a que perdió el control de sus actos y agredió a su sobrino Federico Lafaye.
Y a estas alturas de la historia, luego de más de 20 años de vivir marcados por su presencia, hay que admitir que Evo Morales es un peligro para el país.
Mientras estuvo gobernando, cometió abusos, generalmente acompañados de palabras o gesticulaciones que no son admisibles en un hombre de Estado. Todavía recuerdo con estupor cuando, en una conferencia de prensa, pidió pasar al frente a un periodista de La Prensa para espetarle por las notas que se publicaban en ese periódico. Su rostro no reflejaba enfado, sino ira, y esta parecía salir de sus ojos cuando señalaba al pobre informador, que ni siquiera era autor de las notas a las que se refería el entonces presidente.
Pero las acusaciones que todavía deben esclarecerse en la justicia son las de los supuestos abusos sexuales cuyas víctimas serían menores de edad cuando los hechos sucedieron. Debido a la presunción constitucional de inocencia, no podemos afirmar que Morales sea autor de los delitos sexuales que se le atribuyen, puesto que eso se determinará mediante procedimiento judicial. Sin embargo, para ello es necesario que él sea puesto a consideración de los fiscales para que estos les hagan preguntas respecto a las acusaciones.
Como se sabe, Evo ha eludido las constantes convocatorias a declarar y ahora está literalmente desaparecido, lo que complica en gran medida su situación judicial. Ya estamos hablando de un prófugo y, tomando en cuenta que se le acusa de delitos que solo cometería un enfermo mental —porque eso es un pedófilo—, tenemos que agregar que es un prófugo peligroso. Los organismos de seguridad del Estado ya debieran movilizarse para conducirlo ante los fiscales.
No se le puede encontrar porque hay gente que lo oculta o le ayuda a ocultarse, y eso también es un delito: encubrimiento.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.








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