
Dice el adagio que la esperanza es lo último que se pierde y que la fe mueve montañas. Sin embargo, fe y esperanza no son lo mismo. Mientras la esperanza es pasiva, la fe es acción. Espiritualmente, la fe —fundamentada en Dios— es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve: hay que creer para ver. Y qué mejor que tener a Dios de nuestra parte, ya que, si Él decide bendecir a una persona o a un país, lo hará bajo dos requisitos: tener fe y ser obedientes a sus mandatos.
Ahora bien, dada la situación que vive Bolivia —con una crisis multidimensional no vista en 40 años—, podría decirse que, luego de mucho tiempo, hay esperanza de mejores días para el país, con la fe puesta en Dios, a quien se nombra repetidas veces. Si bien las acciones de los políticos y autoridades no siempre condicen con lo que Él manda, la actitud cuenta: el deseo de hacer bien las cosas, sobre todo en la economía, que es lo que más le importa a la gente.
El país está en un punto de su historia en el que ya no cabe más la ideología, sino el pragmatismo. Ya no se trata de oponerse por las buenas o por la fuerza —ya sea a los ponchos rojos, los interculturales, los campesinos, las bartolinas o los indígenas originarios— respecto al rumbo que debe tomar el país, sino de evitar el colapso primero y sentar las bases para nuestro desarrollo futuro después.
Bolivia vive un momento histórico desde las últimas Elecciones Generales: luego de arroparse de esperanza, pasó de inmediato a la acción con medidas duras pero necesarias para ordenar la economía en lo interno y, en lo externo, para proyectar las potencialidades del país, con la fe puesta en un mejor derrotero.
De ahí que lo hecho por Bolivia en el reciente Foro Económico Mundial 2026 en Davos, Suiza, y en el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026 de la CAF, en Panamá, resultó muy valioso a los ojos del mundo.
En dicho contexto, cuando el ministro de Economía y Finanzas Públicas, Gabriel Espinoza, declaró a Bloomberg Línea que Bolivia “dará una sorpresa” y crecerá en 2026 —pese a lo dicho por el Banco Mundial, que pronostica una baja del 1,1 %—, no lo hizo desconociendo la gravedad de la economía, que en 2025 sufrió una recesión, una inflación del 20 % y consumó 12 años consecutivos de déficit fiscal, más 3 años de “déficits gemelos” considerando el desbalance comercial. Lo hizo a partir de datos que, expuestos con honestidad, empiezan a contar otra historia, tal como se dio en ambos foros. Veamos lo que se dijo.
Al asumir el nuevo gobierno, las reservas líquidas del Banco Central de Bolivia, que eran de 70 millones de dólares, hoy bordean los 600 millones (según las cifras presentadas en su momento), pasando de la penuria extrema a cierta tranquilidad por su tendencia al alza. Además, se empezó a devolver los ahorros en dólares, rompiéndose el “corralito financiero”.
La eliminación de la subvención a los combustibles —que significaba un 50 % del déficit fiscal y una sangría de divisas al exterior por más de 2.700 millones de dólares en 2025 para importar diésel y gasolina— redujo en casi 4 puntos del PIB el desbalance fiscal. Esta fue otra clave importante en la explicación brindada.
Otra noticia providencial fue la mejora en la calificación de “riesgo país”, que antes del cambio de gobierno superaba los 1.100 puntos básicos y hoy está por debajo de 600, según JP Morgan. Esto implica que Bolivia deja de ser vista como un país al borde del default y empieza a recobrar algo esencial: la credibilidad.
Esta paulatina recuperación de confianza está reflejada en el respaldo financiero a proyectos públicos y privados por parte del BID, con 4.500 millones de dólares, y la CAF, con 3.100 millones. Que miles de empresarios e inversionistas extranjeros se enteren de semejante apoyo para reactivar la economía no es algo menor.
Está también el audaz mensaje del presidente Rodrigo Paz en el Foro de la CAF, invitando a invertir en Bolivia con “reglas claras, verdad y pragmatismo”, justo cuando en paralelo se emprendían acciones frontales contra el avasallamiento de tierras en Santa Cruz, mostrando que ahora sí se velará por la seguridad jurídica. Grandioso el mensaje, con la mira puesta en captar más inversión nacional y capitales externos, sin afectar la soberanía.
Lo dicho por el gobierno —más allá de los organismos internacionales y los agoreros de turno— es importante: el país saldrá adelante. Para ello, como siempre dice el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), basta con que el Estado brinde las mejores condiciones para invertir, producir y exportar, y el motor del desarrollo pasará a ser el empresariado.
Atrás deben quedar los que agreden al privado; quienes bloquean la producción; los que coartan la exportación; quienes asaltan propiedades; los que niegan la biotecnología para el agro y quienes sueñan con que la “otra Bolivia posible” sea aquella donde los ciudadanos dependan del Estado, los campesinos produzcan solo para su autoconsumo y los indígenas vivan desnudos o con taparrabos.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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