
Las derrotas políticas persiguen al caudillo desde hace 10 años. Son varias las batallas perdidas por Evo Morales, aunque la definitiva —aquella que podría sacarlo definitivamente del campo de disputa política— aún está por librarse. Luego de haber ganado la presidencia con un inédito 54 % de los votos en 2005, se acostumbró a cosechar victorias tanto en las urnas como en las calles. Pensó que esa época áurea duraría para siempre.
Sin embargo, entre 2016 y 2026, Morales y sus seguidores han experimentado derrota tras derrota, reveses que ya debieron motivar una honesta y profunda reflexión sobre el porqué de las cosas. No lo hicieron y, por el contrario, han repetido el mismo error una y otra vez. Creo oportuno repasar los hechos más relevantes que sitúan a Morales como el señor de las derrotas, después de haber disfrutado el brillo de los triunfos, aunque muchos de ellos se hayan obtenido con amaños.
Venía de ganar cómodamente las elecciones generales de 2014 y las regionales de 2015, pese a que estaba impedido de presentarse en los comicios nacionales. Eso era lo de menos. Tenía poder más que suficiente y el cinismo político necesario para seguir simulando democracia cuando, en realidad, ya era un autócrata que allanaba el camino hacia la tiranía, tal como ocurría en otros países del denominado socialismo del siglo XXI.
La primera gran derrota que sufrió a manos de la ciudadanía fue en el referéndum constitucional de 2016, conocido como el 21-F. La iniciativa dictatorial de eternizarse en el poder se topó con un potente grito democrático que retumbó en todo el país: “Bolivia Dice No”. Se registra, entonces, como su primera derrota electoral significativa, aunque ya en septiembre de 2015 había perdido de manera simultánea cinco referéndums autonómicos en los departamentos de La Paz, Cochabamba, Oruro, Potosí y Chuquisaca.
Como la institucionalidad boliviana estaba sometida a sus caprichos, en 2017 una sentencia del Tribunal Constitucional desconoció los resultados del 21-F y habilitó a la dupla Evo Morales-Álvaro García Linera para que se presentara y ganara una y otra vez, “hasta que se les agote la vida”, según el argumento de que se trataba de un derecho humano de los gobernantes.
Con ese respaldo ilegítimo, se presentaron a las elecciones generales de 2019. Ante la posibilidad real de ser derrotados por Carlos Mesa y Comunidad Ciudadana, perpetraron un fraude electoral escandaloso en complicidad con los vocales del Tribunal Supremo Electoral de la época. Esto desató una rebelión ciudadana —la revolución de las pititas— que terminó con su renuncia y posterior huida, primero a México y luego a Argentina.
En 2020, gracias al uso del bloqueo como arma política contra el gobierno transitorio de Jeanine Áñez, volvió a respirar aires de triunfo, aunque ya no fue él el candidato del MAS. Pasó la posta a Luis Arce Catacora, quien se convirtió con el tiempo en su principal enemigo y le arrebató el control de la sigla del MAS, además de impedirle ser candidato presidencial por otra organización.
Vencido por su expupilo y refugiado en el trópico de Cochabamba desde octubre de 2024, Morales volvió a probar el amargo sabor de la derrota al no poder ser candidato en las elecciones generales de 2025, las primeras que se definieron por primera y segunda vuelta en marzo y octubre del año pasado.
El caudillo tuvo que seguir ambos procesos electorales por televisión. Aunque logró reunir cerca de dos millones de votos nulos y blancos —cifras nada despreciables—, estos no se tradujeron en espacios de poder reales para el evismo, una de las facciones resultantes de la implosión del MAS. Este año sintió un nuevo respiro con la victoria de su lugarteniente Leonardo Loza como gobernador de Cochabamba y el entrismo exitoso en otros frentes municipales y departamentales.
Sin embargo, tampoco fue suficiente. Por eso llegó la apuesta mayor: retornar al poder y quedar blindado ante la posibilidad de ser capturado y sometido a la justicia, principalmente la estadounidense, por presuntos delitos de tráfico internacional de drogas, legitimación de ganancias ilícitas y otros cargos enmarcados en el narcoterrorismo. Es la misma figura con la que Estados Unidos ha logrado las capturas de Nicolás Maduro, Cilia Flores y Álex Saab, la entrega de capos de los carteles mexicanos y la muerte de Niño Guerrero, fundador de la temida banda criminal venezolana El Tren de Aragua.
La batalla final aún está por librarse. Antes de que eso ocurra, parece oportuno retratar lo sucedido políticamente en esta última década con Evo Morales, el señor de las derrotas.
Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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