
Se habrá dado cuenta de que, desde hace un tiempo, no solo los malos políticos, sino también gente ideologizada, intelectualoides, “sesudos estudiosos” de siempre y hasta cualquier hijo de vecino hablan con autoridad sobre lo que no entienden, yéndose en contra de la moderna agricultura a escala, como si no comieran de ella.
Entonces surge la pregunta: ¿por qué quienes arriesgan todo en cada campaña agrícola —incluso su patrimonio familiar— para invertir, producir alimentos, generar empleos e ingresos, traer divisas por exportación y ahorrar dólares mediante la sustitución de importaciones, son sistemáticamente cuestionados y estigmatizados? Si se piensa bien, esto es precisamente lo que está ocurriendo con la pretensión de frenar al agro boliviano, muy particularmente al de Santa Cruz.
Es triste ver que, mientras nuestros productores agrícolas se levantan cada día antes del amanecer para sembrar, cosechar, criar ganado, pagar salarios y enfrentar sequías, inundaciones, incendios, avasallamientos, bloqueos y falta de combustibles, hay quienes los señalan con el dedo acusándolos de extractivistas, depredadores y responsables de todos los males ambientales del país… ¡Triste!
Estoy harto de que, desde hace años, se venga construyendo una narrativa sistemática en contra de las agroexportaciones, de la producción a escala —a la que osan llamar monocultivo— y del “agronegocio”. Y no acaban ahí. Como tienen todo el tiempo del mundo para divagar y el dinero les sobra gracias a la plata que reciben, sus afiebradas cabecitas no paran de elucubrar con términos como “extractivismo agrario”, “enemigos de la madre tierra”, “motor de la deforestación”, etc.
Son deformadores de la verdad. ¿No es acaso mentir aseverar que la agricultura es una “actividad extractiva” como la minería o los hidrocarburos? Se trata de una deshonestidad intelectual, porque la minería extrae recursos no renovables que se agotan, al igual que el petróleo o el gas, que desaparecen una vez explotados. Sin embargo, la actividad agrícola, gracias a la aplicación de la ciencia y la tecnología, es cada vez más renovable, productiva y sostenible.
Esta gente ignora que el agricultor ha entendido que la tierra es su principal activo y, por eso, la cuida para no destruir el suelo, ya que el futuro económico de su familia depende de ello. De ahí que aplique prácticas conservacionistas como la siembra directa y la rotación de cultivos, para evitar el mentado “monocultivo” que, definitivamente, no se da en la soya, pero sí en el cultivo de la quinua, que se produce precisamente en las zonas donde viven quienes atacan a la agricultura de Santa Cruz, aspirando tal vez a ver un día la siembra en “surcofundios” como allá.
Hay quienes se empeñan en instalar la idea de que producir alimentos es casi un crimen, y así lo expresan cuando hablan de ecocidio, biocidio, depredación, etc. Sin duda, se trata de una batalla comunicacional, cultural, política e ideológica. Y quien domina la narrativa, domina la percepción pública, porque la mentira repetida termina convirtiéndose, para muchos, en posverdad.
¡Cuánta injusticia para nuestros “héroes anónimos” del agro que, pese a todo lo que enfrentan —avasallamientos, bloqueos, abigeato, cupos de exportación, contrabando, inseguridad jurídica y absurdas restricciones tecnológicas—, compiten contra productores de países vecinos que producen más barato y con mayor productividad gracias a tecnologías que aquí se empeñan en prohibir! Pese a ello, el agro sigue alimentando a Bolivia, incluso a los malagradecidos que viven comiendo de su mano.
Ningún país salió de la pobreza castigando a sus productores; ninguno se desarrolló bloqueando sus exportaciones, frenando la biotecnología o desalentando la inversión. Todos crecieron produciendo, exportando e innovando más. Bolivia precisa exactamente eso: más producción, más exportaciones, más tecnología, más productividad, más dólares y cero ideología antidesarrollo.
Es increíble que, en medio de una crisis de divisas, existan quienes ataquen precisamente una de las pocas actividades capaces de generar dólares para el país. Les guste o no, las agroexportaciones son parte de la tabla de salvación para Bolivia.
Lamentablemente, mientras otros maximizan su potencial agroindustrial como motor de crecimiento, aquí hay quienes “romantizan” el atraso productivo, como si la pobreza fuese una virtud moral. Me refiero a los desubicados y a las ONGs que ven monstruos en el “agronegocio” y las agroexportaciones, cuando detrás de ello hay familias, pequeños y medianos productores, migrantes, trabajo digno, inversiones de alto riesgo y —ha llegado el momento de decirlo alto y claro— todo un país que se alimenta de ello.
El agro no demanda privilegios del Estado, solo pide condiciones para producir: seguridad jurídica, biotecnología, libertad para exportar y, sobre todo, que lo dejen trabajar. Porque mientras ellos producen y otros viven del discurso, el agro genera alimentos no solo para Bolivia, sino para millones en el mundo, beneficiándose de ello hasta los malagradecidos que comen de su mano.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.










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