
Hay experiencias que golpean la vida. Una de ellas me ocurrió a los 17 años, mientras cumplía un requisito del Colegio Alemán Santa Cruz: para realizar el viaje de promoción al exterior, primero debíamos recorrer Bolivia para «consustanciarnos con ella y aportar a su mejora», como decían los profesores alemanes. Fue en 1979 cuando me dolió ver la pobreza de quienes, pudiendo superar tal situación, no lo hacen por falta de educación, recursos, una cosmovisión anclada al pasado o —peor aún e indignante— porque hay quienes se lo impiden por interés o supina ignorancia.
El viaje de la prepromoción nos permitió recorrer por tierra el campo y las ciudades del altiplano y los valles (La Paz, Cochabamba, Sucre, Oruro y Potosí), donde residía la mayor pobreza del país. Lo pude comprobar no solo por los niños, mendigos y perros que perseguían a los autos esperando que se les arrojara un pan, sino por lo que paso a relatar, esperando no hacerle llorar (yo, cada vez que lo recuerdo, no puedo evitarlo).
Jovencito como era, no podía creer lo que vi con asombro desde la comodidad de la flota en la que viajábamos: una campesina anciana, encorvada por los años, araba un campo agreste y seco bajo un sol que quema la piel de forma inmisericorde. Me chocó ver a una anciana sacrificarse trabajando la tierra, tal vez sin hijos que lo hicieran por ella. Me golpeó, además, ver el arado egipcio de madera que utilizaba en lugar de maquinaria; una herramienta que nuestros campesinos en las alturas siguen usando hasta hoy para sembrar.
Pero lo que más me hirió fue ver que quien jalaba el arado no era un buey o un burro: cual si fuera un animal, el que tiraba con gran esfuerzo era un anciano, sin duda su esposo. Aquello compungió mi alma.
No lo pude entender entonces, pero cuando me formé como economista, sí. Confieso que a casi 50 años del suceso, aún me duele el recuerdo, tanto como el hecho de que persista esa pobreza en el altiplano y que existan sectores a quienes les convenga que la situación no cambie.
Para no hablar solo por cuenta propia, me respaldaré en una excelente entrevista que recomiendo ver en redes: el programa De Primera Mano, conducido por la periodista María René Duchén. En él, conversó con el economista Carlos Armando Cardozo sobre «La doble vara de las ONG para hablar del agro», a propósito de la Ley 1720, que permitirá la conversión voluntaria de la pequeña propiedad agraria en mediana para progresar (96.7 – La Paz Media, 30 de abril de 2026).
Casi «reviviendo» lo que yo vi, Duchén refirió su experiencia con comunidades del occidente donde, azorada, observó que la posesión de la tierra se resumía a «surcos», ni siquiera minifundios: «Yo no lo podía creer (…) me dijeron: ‘No, lo mío es este surco y este surco, pero no hasta allá, sino hasta acá’. Yo dije: ¿Cómo puedes producir, hacer rentable tu operación y salir del autoabastecimiento si no puedes tener una extensión más grande ni tecnificar tu producción? Es una problemática compleja donde la titularidad de la tierra es importante».
Entonces, Cardozo explicó que no solo la dictadura sindical conspira para que sus representados no prosperen —porque si lo hacen, el sindicato pierde poder político—, sino que ciertas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), por igual razón, ignorancia o intereses financieros, les impiden acceder a la tecnología. Enarbolan la bandera de la «cultura», la «producción ancestral» y la «tenencia comunitaria» sin importarles el bienestar económico de los productores. Frenan el progreso y la producción a escala, condenándolos al autoconsumo mientras dichas ONG reciben fondos para seguir «estudiándolos» y hablando por ellos. Es la lógica de que «el negocio es administrar la pobreza».
Hay una narrativa engañosa que muestra a las ONG como defensoras de los campesinos, pero a la luz de los hechos, esta postura es peligrosa. Junto al activismo anti-agronegocio, han dejado de ser parte de la solución para ser parte del problema.
He aquí una cuestión moral: si el problema acaba, la ONG ya no es necesaria. De ahí surge la necesidad de que el pobre siga siendo pobre para justificar la existencia de estas organizaciones, obtener recursos para sus burocracias y disfrutar de altos ingresos, bajo la misma lógica de supervivencia del socialismo. ¿No le indigna que esto siga pasando en Bolivia a costa de nuestros campesinos?
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.












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