
Si la tristeza, la frustración, la desesperanza, la decepción y la pérdida de interés regresan con frecuencia; si el cansancio extremo, la falta de energía, los dolores emocionales y físicos, así como los problemas de salud, no ceden; si el insomnio, el despertarse muy temprano o dormir en exceso se vuelven habituales; si la subida o la pérdida de peso involuntaria, junto con la dificultad para concentrarse o recordar, persisten; si el sentimiento de inutilidad, culpa, impotencia y las ideas de muerte se hacen continuos… cuidado: estos síntomas podrían indicar la acechanza del asesino silencioso llamado depresión, cuyo desenlace puede ser fatal.
Son muchas las causas que pueden llevar a una persona a caer en depresión: la pérdida de un ser amado, la decepción provocada por seres queridos o la impotencia ante situaciones que no se pueden cambiar. La depresión no grita; susurra dolorosamente y, con frecuencia, la gente no se da cuenta o no le presta atención. No siempre muestra lágrimas, sino que se disfraza de sonrisa: por fuera, la persona parece estar bien, pero por dentro la agota un grito silenciado que clama: ¡Ayuda!
¿Conoces la expresión “la procesión va por dentro”? Se estima que una de cada cinco personas sufrirá depresión en algún momento de su vida, muchas veces sin demostrarlo: personas valerosas que cumplen con sus responsabilidades, trabajan duro, complacen con sonrisas, pero en su interior atraviesan momentos muy duros. No se dice, no se nota; cada uno está inmerso en lo suyo.
La depresión se calla a menudo para no parecer débil, para no traslucir el dolor y para no molestar a los demás, aprendiendo a seguir adelante, aunque cada paso cueste más. Pero el silencio no cura y llevar la procesión por dentro pasa factura: la soledad.
Esto ocurre también con personas de fe que deciden callar lo que las sobrepasa. La fe no elimina el dolor; puede sonreír por fuera mientras carga pesadas mochilas internas: miedos no confesados y un alma extenuada que confía en que el alivio de Dios llegará por medio de su Espíritu Santo.
La psicología nos enseña que el ser humano tiene una gran capacidad de adaptación, incluso al dolor: se aprende a funcionar, a cumplir, a responder, a no faltar al trabajo, a atender a la familia, a participar en reuniones, a servir en la iglesia, a dar consejos… Pero algo se apaga al enfrentar pérdidas de seres queridos, expectativas frustradas con padres, cónyuges o hijos, decepciones laborales, exigencias imposibles hacia uno mismo, deterioro de la salud o la impotencia de cambiar a los demás.
Cuántas veces nos ponemos una máscara emocional: la de ser fuertes, alegres, exitosos y creyentes a prueba de todo, mientras el alma padece en silencio.
El caso del actor cómico Robin Williams es un doloroso ejemplo. Hacía reír a millones, pero sufría en silencio. Después se supo que atravesaba una depresión severa, complicaciones de salud e incluso problemas que afectaron su estado mental: la procesión iba por dentro.
Como pastor y consejero matrimonial, junto a mi esposa Jannet, hemos visto este fenómeno varias veces en personas comprometidas con la fe que de pronto confiesan: “No doy más”. No eran menos espirituales, sino más humanas.
Creer en Dios no nos hace inmunes al dolor ni a las presiones del entorno. Es cierto que nos da fuerza para continuar con su ayuda, pero no siempre sin dolor.
Desde la fe cabe recordar que la espiritualidad no niega el dolor; más bien, lo acepta y lo enfrenta. Y la psicología nos ayuda a comprender que cuidarnos no es egoísmo, sino prevención, porque la depresión no hace distinciones y afecta la salud mental incluso de personas exitosas, como el cantante Leo Rosas, quien no pudo superar la muerte de su esposa y cuya soledad lo consumió.
Aunque la psicología, la psiquiatría y la medicina pueden ayudar a tratar este mal, solo Dios puede sanar realmente el alma del hombre. Y cuántas veces lo hace a través de un abrazo sincero, como dice esta hermosa reflexión anónima que circula en redes y que viene muy a tono con el tema:
El abrazo debería ser recetado por los médicos, pues hay un poder curativo en él que aún desconocemos. El abrazo cura el odio. El abrazo cura los resentimientos. El abrazo cura el coraje y los malentendidos. El abrazo cura el cansancio y la tristeza. Cuando abrazamos, soltamos amarras y perdemos en instantes las cosas que nos han quitado la calma. El abrazo nos da paz en el alma. Cuando abrazamos, dejamos de estar a la defensiva y permitimos que el otro se aproxime a nuestro corazón. Los brazos se abren y los corazones se acurrucan. No hay nada como un abrazo. Un abrazo de “te amo”. Un abrazo de “qué bueno que estás aquí”. Un abrazo de “¡ayúdame!”. Un abrazo de “hasta pronto”. Un abrazo de “perdóname”. Un abrazo de “te perdono”. Un abrazo de “¡cuánto te extrañé!”. Cuando abrazamos somos más de dos: somos familia, somos accesibles, somos sueños posibles. El abrazo debería ser recetado por los médicos, pues rejuvenece el alma y el cuerpo.
Un abrazo para quienes lo necesitan en este momento. Yo también lo preciso, aunque no siempre lo reciba de quienes más lo espero…
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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