
Los seres humanos cumplimos un inexorable calendario que comienza en el momento de nuestra concepción en el vientre de una mujer y, de igual manera, termina cuando debemos partir de este mundo, luego de cumplir el propósito para el cual Dios nos creó.
Por eso siempre he dicho, y no me cansaré de repetirlo, que la mujer es lo más parecido a Dios; no solo por ser dadora de vida, sino también por su capacidad de amar de manera infinita.
El Supremo Creador, en su omnisciencia y omnipotencia, pudo haber elegido cualquier forma inimaginable para traernos al mundo, pero decidió que fuera a través de una mujer. Por ello, la maternidad encierra algo profundamente divino: crear, cuidar, proteger, alimentar, consolar y amar hasta el sacrificio. Esto confirma que una madre es la expresión más visible del amor de Dios sobre la tierra.
Cada 27 de mayo se celebra en Bolivia el Día de la Madre, una fecha que toca las almas de manera diferente. Para quienes aún tienen a su madre, es un día de regocijo para agasajarla, abrazarla, besarla y disfrutarla. Para quienes la han perdido, se convierte en un día triste, de visitar el cementerio y sentir en silencio la nostalgia de los bellos momentos vividos a su lado.
En mi caso, doy gracias a Dios por tener aún con vida a mi mamá Emma, quien no solo dio todo de sí para sacar adelante a sus cuatro hijos junto a nuestro papá Héctor, sino que, a sus 92 años, sigue tratándonos como a sus polluelos. Estoy seguro de que daría su vida por evitarnos cualquier sufrimiento.
Hablar de una madre no debería ser referirse a ella como una persona más, sino como aquella que nos dio el primer abrazo, la primera voz que nos consoló, las manos que nos ayudaron a caminar y quien derramó innumerables lágrimas en silencio por nosotros, muchas veces sin que nos diéramos cuenta.
En un mundo mercantilizado, donde el Día de la Madre se reduce frecuentemente a flores, tortas, regalos, comidas, fotografías y festejos pasajeros, no vendría mal preguntarnos si realmente entendemos el verdadero significado de tan magno acontecimiento. Porque, al igual que ocurre con los cumpleaños, nuestra madre no necesita solo un buen almuerzo, una cena especial o un gran regalo una vez al año. A ella le bastaría nuestro amor, respeto, gratitud y presencia, de ser posible, todos los días de su vida.
¡Cuántas madres envejecen esperando una llamada que nunca llega y mirando la puerta con la ilusión de una visita que no se produce! Ellas, que se quedaron despiertas toda la noche cuidándonos cuando teníamos fiebre; ellas, que entregaron su vida por su familia sin descanso ni gratitud. Aun así, no dejan de perdonar y continúan amando, porque ese es el don divino que poseen.
Cuando miro a mi mamá Emma, entiendo ahora muchas cosas que de niño, adolescente y aun siendo joven no comprendía. Solo cuando mi esposa Jannet y yo tuvimos a nuestros hijos Christian y Miguel, pude entender que el amor genuino de una madre no hace ruido, pero sostiene vidas. Con cada hijo se teje una historia silenciosa de angustias, renuncias, desvelos y oraciones. Y mientras viva, nunca dejará de alegrarse cuando nos va bien, ni de sufrir cuando las cosas no salen como ella esperaba.
Por eso doy gracias a Dios por Jannet, mi esposa, compañera de vida y abnegada madre de nuestros hijos. Como buena madre, renunció a su realización profesional como economista para cuidarlos y dejar huellas eternas en sus corazones. El mundo necesita más mujeres virtuosas como ella.
Mi homenaje a las madres tiernas y de carácter, a las esposas sabias, a aquellas que deben hacer de padre y madre, y a todas las mujeres que irradian luz en un mundo que suele valorar más la fama, el dinero y el poder, olvidando la grandeza de una madre que se desvive por educar con amor a sus hijos.
Como alguien dijo acertadamente, la maternidad no se estudia en una universidad, pero es la única profesión en el mundo donde primero te dan el título y luego cursas la carrera, en el día a día de criar y formar a un hijo, sin derecho a aplazarte.
Hay una hermosa palabra de Dios que dice: «Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra».
Este Día de la Madre, más que una simple celebración social, debería ser un serio llamado a reflexionar sobre cómo estamos tratando a esa gran mujer que Dios puso como baluarte en nuestras vidas: ¿Cómo le hablamos? ¿La consideramos? ¿La protegemos? ¿La valoramos? Honrar significa respetar, obedecer, cuidar, escuchar, acompañar y agradecer.
Amemos a nuestra madre mientras podamos, porque llegará el día en que ya no la tengamos. Amémosla hoy de tal manera que su recuerdo no solo nos consuele mañana, sino que nos haga sentir que ella sigue ahí, a nuestro lado.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.











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