
Por décadas, en el trópico y en los sectores rurales de Cochabamba, se hizo únicamente lo que el caudillo y la cúpula cocalera disponían. El derecho al disenso fue proscrito para las bases de productores de coca, mandarinas, plátanos, piñas, paltas, naranjas, arroz y peces de río, entre otros productos. El centralismo democrático funcionaba solo en apariencia dentro de sindicatos, centrales y federaciones del trópico. No había cabida para quienes pensaban o actuaban de forma distinta.
El yugo sindical de Evo Morales y su entorno se hacía sentir a través de mecanismos propios de las organizaciones verticalistas: definir y bajar “línea” de acción política de manera continua para que la mayoría la cumpliera sin chistar, y hacer que los propios productores se controlaran entre sí en el territorio, con el fin de detectar a los inconformes y presuntos traidores del establishment cocalero.
Pero, como todo en la vida cambia, la arrogancia de los dirigentes de las seis federaciones, sumada a la imagen de Morales, comenzó a generar aburrimiento entre las bases. Ese hastío se expresó a nivel de las familias de los cinco municipios que componen el trópico cochabambino. Las movilizaciones contra el arcismo, desde 2022, y la vigilia permanente dispuesta para resguardar al caudillo a fines de 2024, terminaron de detonar el cansancio.
Al principio hubo compromiso e incluso empatía con Morales por su delicada situación política y legal. El punto de inflexión en esa línea solidaria ocurrió en octubre de 2024, cuando se produjo un fallido intento de captura del líder cocalero y expresidente de Bolivia mientras se trasladaba a su programa dominical en Radio Kawsachun Coca, en Lauca Ñ. A partir de entonces, el malestar empezó a diseminarse por sembradíos y comunidades, hasta llegar al punto de que muchos se preguntaran si realmente correspondía proteger a quien está acusado de abusar sexualmente de jovencitas.
Va ya un año y medio de ese sistema de rotación de pobladores de las provincias Chapare, Carrasco y Tiraque, y el cansancio en las familias ya es indisimulable. Se sienten continuamente incompletas porque padre, madre, hijo, hija, abuelo o abuela tienen la obligación de cumplir turnos en Villa Tunari para formar parte del escudo humano alrededor del jefe. El costo del viaje y la estadía corre por cuenta de cada familia aportante de centinelas.
La llegada de delegaciones de varias partes del país, e incluso del exterior, para visitar al refugiado también ha disminuido notablemente. Numerosos grupos de seguidores de Morales aparecían antes en el trópico con música, comida, costumbres, obsequios y el compromiso de apoyarlo hasta las últimas consecuencias. Él se alegraba, compartía y daba “línea” política para enfrentar la coyuntura. Hoy, las comitivas se han reducido tanto en número como en entusiasmo.
Comentan quienes habitan las tierras chapareñas que las declaraciones del exdirigente Elmer Lizarazu, de la central Ivirizu Vandiola —un productor barbado, de tez blanca y preciso a la hora de describir sus motivaciones—, fueron bien recibidas por las bases. Lizarazu propuso buscar un asilo político para Morales en un país extranjero, lo que le valió que la central Ivirizu Mandiola le aplicara el veto sindical. Decidió entonces volver a su chaco para demostrar que el derecho constitucional a la libre expresión debe ser respetado.
Lizarazu no hizo otra cosa que darle forma a la rebeldía que va en ascenso contra la estructura política del masismo-evismo. Algo similar ocurrió en el ámbito electoral con Bladimir Zurita en el pequeño municipio cochabambino de Sicaya. Hace unos días, Zurita desmintió a Morales y rechazó su versión de que había sido un infiltrado en la alianza Libre de Jorge Quiroga. Afirmó ante los medios que decidió transitar por otros caminos políticos y romper el esquema de sometimiento que ejerce el entorno evista.
Morales y la élite cocalera no están entendiendo que la rebeldía en el trópico y en los sectores campesinos de Cochabamba no se reduce a un exdirigente vetado sindicalmente ni a un candidato municipal que decidió abrazar otra corriente política. La rebeldía está calando en las bases de los sindicatos, centrales y federaciones por dos razones fundamentales: superar la dictadura sindical impuesta en esa región hace cuatro décadas y constatar que hay vida más allá de Morales y sus adláteres.
Una forma de verificar si el aburrimiento es real y en qué grado de ascenso se encuentra sería convocar a un bloqueo de carreteras para intentar desconectar nuevamente oriente y occidente. Seguramente habría más de una sorpresa cuando se lance la orden a los productores, porque así como en su momento se inoculó temor y obediencia absoluta en el trópico, ahora se está diseminando la idea de la emancipación: dejar de ser estigmatizados como zona roja del narcotráfico y mostrar al país que aspiran a convertirse en un polo de desarrollo con vocación de prosperidad.
Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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