
Y Evo Morales está nuevamente entre los temas centrales de discusión, y ni siquiera porque él se lo haya propuesto: el que vuelve a otorgarle protagonismo es el Gobierno. Esto demuestra que hay gobiernos que, sin proponérselo, o quizá sin darse cuenta, terminan convirtiendo a sus adversarios en protagonistas de su propia gestión. El de Rodrigo Paz parece empeñado en demostrarlo: cada vez que anuncia una acción, lanza una advertencia o abre un nuevo frente político, Evo Morales vuelve a ocupar el centro de la escena.
La paradoja es evidente: un Gobierno que debería concentrarse en resolver los problemas del presente parece dedicar una parte considerable de su energía a mantener vigente al expresidente. Lo menciona, lo confronta, anuncia medidas en su contra y vuelve a instalarlo en los titulares. Así, el hombre al que se pretende dejar atrás termina siendo el invitado permanente de la actualidad política.
No se trata de cuestionar que la justicia actúe ni de reclamar impunidad para nadie. Si existen órdenes judiciales pendientes, corresponde cumplirlas conforme a la ley. Evo Morales no puede pretender privilegios ni quedar al margen de sus responsabilidades. Pero una cosa es hacer cumplir la ley y otra convertir cada paso relacionado con él en una operación de comunicación política.
Evo conoce las ventajas de la confrontación. Cada anuncio oficial le ofrece la oportunidad de responder, desafiar al Gobierno y presentarse ante sus seguidores como el adversario al que el poder no consigue derrotar. Lo que desde el oficialismo puede entenderse como una demostración de autoridad termina proporcionándole escenario, micrófono y una vigencia política que, de otro modo, quizá tendría más dificultades para conservar.
El problema no es que Evo esté en la agenda. El problema es que parezca imposible construir una agenda sin Evo.
Mientras el país reclama respuestas sobre la economía, el empleo, el combustible y el costo de la vida, la discusión pública vuelve a girar alrededor del expresidente. El Gobierno corre así el riesgo de confundir la confrontación con la gestión y la reiteración de anuncios con resultados concretos.
Rodrigo Paz tiene la oportunidad de demostrar que su Gobierno puede ser algo más que la negación del pasado. Para hacerlo, necesita construir una agenda propia, comunicar resultados y dejar que las instituciones cumplan sus funciones sin convertir cada actuación en un capítulo de la disputa política con Morales.
Esto no significa que el expresidente deba desaparecer del debate público ni que sus actos carezcan de importancia. Significa que su relevancia debería depender de lo que haga, de sus responsabilidades y de su capacidad política, no de la frecuencia con que el Gobierno lo instala en primera plana.
Al final, hay una pregunta incómoda para el oficialismo: ¿está consiguiendo reducir la influencia de Evo Morales o está contribuyendo a mantenerla?
Si cada semana el Gobierno vuelve a ponerlo en el centro de la escena, el expresidente no necesita demasiado esfuerzo para seguir vigente. Le basta con esperar el próximo anuncio.
Y así, mientras el país espera soluciones, Evo continúa ocupando un lugar privilegiado en la agenda gubernamental. A veces, los adversarios más persistentes no necesitan conquistar espacios: basta con que sus rivales se los reserven.
Juan José Toro Montoya es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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