
Sin exportaciones no hay divisas, sin divisas no hay estabilidad, sin estabilidad no hay desarrollo y, al final del día, es la gente quien carga con las consecuencias. ¿Sabrán esto los bloqueadores?
Es probable que quienes están en las calles, caminos y carreteras como carne de cañón lo ignoren, pero estoy seguro de que los organizadores de las marchas, paros y bloqueos por razones ideológicas y políticas sí lo saben. Su propósito es dañar al gobierno, así suframos todos, puesto que lo peor del bloqueo es que produce pobreza, dolor y atraso.
Un reciente informe del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE) vino a confirmar lo que se temía respecto de los más de cincuenta días de bloqueos que sufrió el país, protagonizados por la otrora gloriosa Central Obrera Boliviana (COB), los insufribles movimientos sociales como los Ponchos Rojos y las Bartolinas, organizaciones campesinas como la CSUTCB, además de agrupaciones cocaleras. Estos provocaron en mayo un desplome de las exportaciones hasta solo 720 millones de dólares, su nivel más bajo en catorce meses. Con ello se echó por tierra la buena dinámica de las ventas externas, que venían superando holgadamente los 1.000 millones de dólares durante los primeros meses del año y hacían prever que la gestión 2026 podría culminar con un nuevo récord histórico. Bastó un mes de conflictividad para hacer trizas ese sueño.
En momentos en que los precios externos estaban altos y Bolivia podía aprovechar esa enorme ventana de oportunidad para vender lo más posible al mercado internacional, unos cuantos bloqueadores violentos impidieron que la producción nacional llegara a su destino.
De ahí que me atreva a decir que exportar es un acto de patriotismo y bloquear, un acto de terrorismo, dado el uso sistemático de la violencia y la intimidación para infundir terror a la población civil y al gobierno, y lograr bastardos intereses.
El país perdió, solo en mayo, más de 700 millones de dólares según estimaciones de la Cámara Nacional de Exportadores de Bolivia (CANEB). Aunque el daño intangible va mucho más allá de esa escalofriante cifra: se incumplieron contratos, se perdieron clientes y mercados, se dañó la imagen-país y la confianza en las empresas exportadoras que luchan por abrirse campo en mercados altamente competitivos.
Paradójicamente, los más perjudicados terminaron siendo también quienes, con su sacrificio, evitaron una crisis mayor: las divisas generadas por el sector exportador alcanzaron para cubrir las necesidades de importación de mayo, evitando que la presión sobre el mercado cambiario fuera aún más intensa. En tiempos de escasez de dólares como el actual, ese hecho adquiere una dimensión colosalmente estratégica que debería ser suficiente para considerar, respetar y apoyar a quienes producen, invierten y exportan.
Las cifras hablan por sí solas: hasta mayo, Bolivia exportó 5.433 millones de dólares, pese a la caída del volumen exportado en un 16 %, mientras que las importaciones totalizaron 4.056 millones, con una baja del 9 % en volumen. Algo que podría implicar futuras dificultades para el abastecimiento de insumos y la consecuente afectación a la producción nacional.
Un tema no menor —tal vez el más relevante al mes de mayo— es que, a pesar de los bloqueadores, el superávit comercial acumulado rondó los 1.400 millones de dólares, una contribución invaluable a la estabilidad de la economía boliviana. Sin embargo, el superávit cayó desde más de 370 millones de dólares en enero a tan solo 37 millones en mayo, por causa de los violentos que impidieron una mayor exportación.
La experiencia histórica ha demostrado que ningún país ha logrado desarrollarse castigando a quienes generan riqueza. Todo lo contrario: las naciones que vencieron la pobreza estructural respetaron las leyes e instituciones, garantizaron la seguridad jurídica, alentaron la inversión privada, apostaron por una economía de mercado e hicieron de las exportaciones una política de Estado, por ser el sueldo del país.
Bolivia tiene todo para recorrer ese virtuoso camino: una geografía envidiable con recursos naturales superabundantes, empresarios resilientes, productores eficientes, trabajadores comprometidos y mercados internacionales que demandan nuestros productos. Lo que nos falta son mejores condiciones para que invertir y producir en el país sea más fácil. Lo que lamentablemente nos sobra son bloqueadores alcoholizados cargados de chicotes, hondas, dinamita, armas y un anacrónico tufillo socialista y comunistoide.
Desde hace años he sostenido que la Bolivia digna y soberana de la que tanto se habló solo será posible con una Bolivia productiva y exportadora. De ahí que —ahora que el dólar está subiendo— habrá que agradecer a los bloqueadores esta dura lección: sin exportaciones no hay divisas; sin divisas no hay estabilidad; sin estabilidad no hay desarrollo. Y que exportar es un acto de patriotismo, mientras que bloquear es un acto de terrorismo.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.










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