
¿No le parece curioso que, en vez de abordar estratégicamente y con visión de futuro los grandes temas que hacen al desarrollo de Bolivia, solo se los encare cuando estalla un conflicto? Este es el caso de la energía, por ejemplo: cuando escasea el combustible y se forman largas colas en los surtidores, entonces —y solo entonces— se aborda el tema. Un montón de personas salen a opinar, creyéndose dueñas de la verdad, y junto a ciertos políticos critican inmisericordemente a las autoridades sin proponer soluciones sensatas ni medir las consecuencias de sus palabras.
En este momento, la genuina preocupación ciudadana por la calidad de la gasolina se ha convertido en caldo de cultivo para rumores: que el etanol provoca turbidez, daños mecánicos, deterioro de la calidad del combustible, etc. Como el miedo se propaga más rápido que los datos, se pone en vilo un gran esfuerzo productivo relacionado con un “combustible verde” que podría ayudar a cambiar la historia energética de Bolivia, fortaleciendo su autosuficiencia mediante producción nacional.
Pero, como de lo malo siempre puede salir algo bueno, ojalá esta situación sirva para informar debidamente a la ciudadanía sobre la trascendencia del etanol, bioetanol o alcohol anhidro. No se trata de una ocurrencia reciente ni de un experimento: es un aditivo natural ampliamente utilizado en todo el mundo para mejorar el octanaje de la gasolina, beneficiando al consumidor y, al mismo tiempo, reduciendo el uso de combustibles fósiles con un enorme beneficio ambiental. El etanol es un biocombustible “verde” obtenido en Bolivia a partir de la caña de azúcar.
Para entender bien de qué se trata, hay que recordar que cuando el octanaje de la gasolina es bajo se produce el temido “cascabeleo” del motor: una detonación irregular que genera pérdida de potencia y vibraciones. Precisamente por tener un octanaje muy alto, el etanol se utiliza para mejorar la gasolina y, con ello, elevar la potencia y eficiencia del motor.
Dos pronunciamientos importantes de la Comisión Nacional de Productores Cañeros de Bolivia (Concabol) y del sector agroenergético han servido para aclarar los hechos: desde hace siete años se mezcla en Bolivia etanol de producción nacional con la gasolina, nunca por encima del 12 % como está normado. En todo este tiempo no existe un solo caso comprobado de fallas mecánicas atribuibles a este producto.
La ciudadanía merece saber que, a la luz de la evidencia, el etanol boliviano es un producto de alta calidad: anhidro, ultra destilado, traslúcido, libre de agua, con octanaje superior a 108 RON. No genera sedimentos, no oscurece el combustible ni daña el motor; al contrario, mejora la combustión y eleva el octanaje al ser 99,5% puro.
La experiencia internacional es contundente: más de 60 países utilizan etanol en mezclas que van del 5% al 30%. Brasil es el referente mundial, con altas proporciones desde hace más de 50 años sin problemas significativos. Y si 8 de 12 países sudamericanos lo consumen, por algo será.
Eso en lo técnico. Veamos ahora la dimensión económica, social y estratégica: ¿sabía usted que el 60% de la gasolina que consume Bolivia es importada, con una dolorosa sangría de divisas, alta vulnerabilidad externa y gran carga fiscal? Cada litro importado es un dólar que se va; cada litro sustituido por etanol nacional es un dólar que se queda, circula y genera empleo e inversión en el país.
Aquí cobra sentido la visión del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE): si queremos que el país crezca con estabilidad, debemos producir más de lo que importamos. El etanol puede ser una pieza clave en esa estrategia. Sustituir parte del enorme volumen importado con un componente renovable, hecho en el país gracias al trabajo de decenas de miles de familias que labran la tierra con esfuerzo diario, activa una cadena virtuosa: inversión agrícola e industrial, empleos dignos, ingresos, tributos para el Estado y, sobre todo, ahorro de dólares con un combustible de menor huella ambiental.
Hay quienes insisten en ver en el etanol una amenaza, cuando en realidad es una oportunidad para coadyuvar a que Bolivia crezca de manera sostenida y sostenible, combatiendo la pobreza no con promesas ni discursos, sino con producción, empleo y valor agregado. Una oportunidad enorme para demostrar que el desarrollo económicamente viable, ambientalmente sostenible y socialmente responsable es posible.
Dejando atrás mitos y temores, la producción de etanol puede proyectarnos hacia un mejor futuro: gastar menos divisas en gasolina importada, producir más energía hecha en casa y generar más empleos y dólares, que tanta falta nos hacen. Un trabajo público-privado serio, confiando en la capacidad del sector cañero y agroenergético, puede cambiar la historia. ¡Ojalá prime la sabia decisión de importar menos gasolina y producir más etanol nacional!
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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