

“Quisiera su opinión sobre esto”, me dijo hace poco un amigo. “Tal cual, así es, una lacerante realidad que de verdad golpea, y mucho”, le respondí. “Es que siempre lo leo o escucho a favor de la exportación, y en eso incluye también la minería”, agregó. Le contesté: “Correcto, siempre estaremos a favor de la exportación, pero no a cualquier costo. De hecho, la égida del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE) es que sea económicamente viable, ambientalmente sostenible y socialmente responsable; si no cumple con esa triada, no lo apoyamos”.
La conversación giraba en torno a un artículo titulado “Doce horas en la mina para extraer todo el oro posible: ascender a costa de la salud y el planeta”, publicado por Caio Ruvenal en la sección América Futura del periódico “El País”, en España, el 16 de febrero de 2025. Como mi respuesta le pareció razonable, quedamos en tomar un café para discutir nuevas posibilidades de desarrollo para Bolivia, como el turismo sostenible, en lugar de este tipo de minería.
La investigación de Ruvenal, nacido en Brasil, criado en Bolivia y formado en Comunicación Social, revelaba la inhumana labor de cientos de trabajadores bolivianos en la minería ilegal del oro. Tomaba como ejemplo la zona tropical de Los Yungas, en La Paz, que, “históricamente una región destinada a la agricultura, ha sucumbido en las últimas décadas a la fiebre del oro”. Como consecuencia, cientos de campesinos han abandonado el cultivo de papa, chuño, cítricos y hoja de coca para convertirse en mineros.
Apoyándose en los estudios del investigador Fernando Alcons, en su artículo científico titulado “Extractivismo aurífero y organización del trabajo: dinámicas territoriales en la minería aurífera cooperativizada en Los Yungas, Bolivia”, publicado a finales de 2024, Ruvenal describe cómo los jornaleros –trabajadores que reciben un salario por hora o día y ocupan el estrato más bajo en la minería– explotan la mina hasta por 15 días consecutivos con la esperanza de ascender en la jerarquía de la cooperativa. En ese camino de sacrificio, no solo se desgasta el entorno ambiental, sino también la fuerza de trabajo.
El autor ejemplifica la situación con el testimonio de un trabajador:
“Cuando eres jornalero, estás obligado a trabajar dentro de la mina, en el interior del socavón y los túneles (…) Tienes que trabajar todos los días sin fallar; si no, te dicen: ‘Te vas a ir’. Pero cuando eres socio, estás mejor: cada uno asume su propia responsabilidad y se cuida también de los accidentes”, comenta Huanca, nombre ficticio del entrevistado para evitar represalias.
El auge del oro en Bolivia responde a que el precio del mineral se ha multiplicado por diez en este siglo, convirtiéndolo en un recurso demasiado tentador para ser ignorado. En 2022, el oro superó al gas natural como principal rubro de exportación del país, aunque se especula que gran parte de ese comercio estuvo vinculado al contrabando de oro peruano.
Sea como fuere, el alza de la cotización del oro ha provocado la proliferación de cooperativas mineras. Según Ruvenal, ya suman 2.300 con 130.000 socios, de acuerdo con cifras del Viceministerio de Cooperativas Mineras. Sin embargo, su impacto negativo es innegable, sobre todo en la minería aluvial en los ríos, la deforestación en las laderas de los valles y la devastación de áreas protegidas.
El impacto ambiental, según el estudio de Alcons titulado “Enclaves de devastación y minería aurífera en el departamento de La Paz, Bolivia” (junio de 2024), también afecta la vida de los trabajadores. Jornadas extenuantes, sueldos inestables e insuficientes, y la necesidad de autoimponerse turnos de más de ocho horas durante 15 días consecutivos sin descanso son la norma. Todo esto en condiciones precarias y con una alimentación deficiente.
Para los jornaleros, el sueño es convertirse en accionistas, asegurarse un ingreso fijo y reducir los riesgos de salud derivados del uso de productos químicos para la purificación del oro.
Ahora, mi opinión personal…
La minería aurífera aluvial enfrenta fuertes críticas debido al daño ambiental, en especial por el uso indebido del mercurio. Además, prolifera la explotación ilegal, como se ha visto en el río Madre de Dios, en Riberalta, Beni, donde en su momento operaban más de 25 dragas al margen de la ley. Los reclamos violentos de los mineros por explotar oro en áreas protegidas han sido frecuentes, pero, como dice el refrán, no todo lo que brilla es oro.
Siempre he dejado en claro mi apoyo a actividades económicamente viables, pero también ambientalmente sostenibles y socialmente responsables. Por ello, rechazo las protestas con dinamita y la explotación de áreas protegidas. El fin no justifica los medios.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.
Sé el primero en dejar un comentario