
En las últimas cuatro semanas escribí tres veces sobre los bloqueos que azotan al país. Cuestioné si bloquear es una “¿Protesta social, sedición o acto de guerra?”, mostré también lo que sucede “Cuando el reclamo deja de ser protesta y pasa a ser barbarie” y, finalmente, señalé cómo la cultura del bloqueo en el occidente del país da cuenta de “La Bolivia imposible y la otra Bolivia posible”, esta última en el oriente boliviano, ¡bendita tierra de Dios!
Hoy escribo nuevamente sobre el tema, pero desde una perspectiva distinta, con el fin de entender el porqué de este fenómeno.
Luego de más de 40 días de bloqueos, desabastecimiento, enfrentamientos, violencia y alta tensión social, se me ocurrió preguntar: ¿Qué piensa Dios de esto?
Probablemente a algunos les parezca extraño este cuestionamiento, ya que se trata de un asunto que deriva de consignas políticas, intereses sectoriales y disputas de poder. Aun así, lo hago pensando en la gente creyente que, en tiempos difíciles, no duda en alzar su mirada al Cielo en busca de respuestas.
Normalmente, el análisis del impacto de los bloqueos se realiza desde el punto de vista económico, jurídico o político. Pero ¿y si cambiamos la perspectiva a la luz de lo que dice la Palabra de Dios? Si continúa leyendo, constatará algo inquietante: no existe un solo principio bíblico que justifique, en los tiempos de gracia que vivimos, el daño deliberado que los bloqueos causan a personas inocentes como medio para lograr objetivos egoístas.
Son muchos —y a menudo casi infantiles— los argumentos con los que los violentos justifican el bloquear: su derecho a protestar, a hacerse escuchar, a considerarlo una histórica herramienta de lucha social y, finalmente, a ejercer presión sobre las autoridades. Pero ¿sabía usted que utilizar la violencia para doblegar a los indefensos es una afrenta a lo que el Supremo Creador espera de nosotros?
Así es. Jesucristo nunca predicó que “el fin justifica los medios”, ni pudo haberlo hecho, porque ese pensamiento obedece a una sabiduría terrenal, animal y diabólica. Todo bloqueo provoca sufrimiento a terceros para alcanzar lo que se pretende por la fuerza. ¡Al contrario! Jesús enseñó que el principal mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. También nos mandó amarnos los unos a los otros como Él nos amó. Jamás habría avalado el grito de “¡Ahora sí, guerra civil!”.
Jesús fue un verdadero líder, un irrepetible líder de la Historia, dispuesto a morir por sus ideas; nada que ver con los bloqueadores y sus instigadores, que están dispuestos a matar o a mandar morir a los pobres, como hacía el Che Guevara, a quien idolatran socialistas, comunistas y quienes sueñan con él. Por eso, las víctimas de los bloqueos rara vez son los gobernantes: es el pueblo quien las pone.
Es difícil entender que quienes emprenden tales acciones, arropadas de supuesta justicia social, acaben afectando precisamente a quienes dicen defender, traicionando así el amor al prójimo que deberían tener. ¡Ninguna pretensión personal, sindical o política vale más que la vida de un ser humano!
La Palabra de Dios sentencia de forma reiterada sobre los peligros de la ambición de poder, algo que, ciertamente, parece alimentar los conflictos en Bolivia en lugar de responder a las necesidades reales de la población. Esto, por supuesto, no es nuevo: el hombre siempre ha querido enseñorearse de las masas —¡cuántas veces disfrazado de nobleza!—, algo que nace de la vanidad, la envidia, el resentimiento o el endiosamiento propio.
Aquella parte de la sociedad acostumbrada a pensar que la confrontación es la única forma de resolver las diferencias debería saber que Dios nunca llamó a sembrar el caos para producir orden, ni a destruir para construir, sino a buscar la virtuosa tríada de la Verdad, la Justicia y la Paz.
Pero cuando los discursos de odio proliferan con amenazas; cuando la violencia se normaliza; cuando se buscan enfrentamientos y se “procura muertos” para reclamar venganza; cuando se impide el paso de ambulancias o medicamentos y se considera aceptable la pérdida de vidas humanas y de inocentes animalitos para alcanzar intereses bastardos, la explicación de todo ello debe ser, necesariamente, espiritual.
Detrás de cada acción humana hay una cosmovisión, una comprensión de lo que está bien y lo que está mal, y un Dios con mayúscula o un dios con minúscula al que se sirve, aunque muchos no sean conscientes de ello. Entonces surgen dos preguntas:
¿Se parece a Jesucristo el espíritu que inspira los bloqueos? ¿Se parece al Dios que manda amar al prójimo, respetar la vida, procurar la paz y someternos a la autoridad legítimamente constituida?
Quien más lejos está del conocimiento del Dios verdadero, fácilmente justificará lo inaceptable, porque cuando no hay temor de Dios ni amor al prójimo, no solo los caminos terminan bloqueándose, sino también el corazón de tales personas.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Enfoque News.









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